La vida, no nos suele dar esta oportunidad. Es injusta, pues estas ocasiones, no nos enseña nada y nos quita demasiado. Cuando pasa, pasa. A menudo, sin explicaciones, otras sin remedio, y en el peor de los casos de forma forzada. Y ¿dónde quedamos nosotros? Llenos de rabia, lamentandonos por aquello que no hicimos y pudimos hacer, sabiendo que no pudimos hacer nada. Culpando a quien pase. Sintiendonos vacíos, por la soledad que nos invade. Sintiendo que no podemos respirar, viendo tanto dolor en todos los que nos rodean, porque hasta cuando somos niños sabemos que algo falta. Cuando somos conscientes de la grandeza de esa falta nos toca decir "hola" al "adiós" . Enfrentarnos a algo sin solución. Aprenderemos a vivir sin algo que nos apreciamos hasta que lo perdimos.
Sin embargo, siempre los echaremos de menos. Cada pedazo de nuestro corazón, cuando se active la memoria. Puede que nunca volvamos a verlos, o puede, que mejor ,nunca digamos nunca. Quien sabe si sentirán cada vez que los necesitamos.Y es que, cada ser querido que perdemos, vive en cada uno de nosotros, en lo que somos, en lo que hacemos. Quizás no podamos compartir esa última risa, pero sí que estén donde estén se alegraran de vernos sonreír. Quizás no pudimos contar los pasos que dieron al irse, pero ellos sí podrán sentirse orgullosos de todos los que demos nosotros.
La vida es injusta, y complicada de por sí. Alguien le puso la muerte como ciclo final, y aún, tras siglos de humanidad, nadie la entiende, y a todos nos duele. Lo curioso, es que cuando pasa el tiempo, ves como con ese recuerdo, las lágrimas mueren en sonrisas o nacen con una risa al recordar a esa persona a pesar de su ausencia.
